Hace ya bastantes años publicamos un reportaje sobre
el esquí de Telemark en el número 7 de los Cuadernos
Técnicos de Barrabes.com (año 2003). Por aquel entonces
lo enfocamos a una serie de consejos para los
nuevos telemarkeros.
Pasado este tiempo las piernas han telemarkeado mucho, se
han cansado, el cuerpo ha sufrido algún daño después de caídas inoportunas,
pero la pasión, la pasión por el Telemark, continua intacta
¿Por qué? no sabría explicarlo.
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¡En estos momentos no! unos esquís de montaña con fijaciones ligeras pueden pesar menos que unos de telemark. Lo mismo las botas y las tablas.
Aparte de lo expuesto en la introducción sobre el placer de telemarkear una ladera de inmaculada nieve, para mi otra de las “cualidades” -que no ventaja-, es que vuelves a luchar con el equilibrio, te reencuentras con el esquí más puro y siempre has de estar atento en los descensos. Conozco muchos buenos esquiadores de alpino, que finalmente se han decantado por el telemark para recuperar la frescura de los primeros años y volver a reinventar los mil y un trucos para descender con elegancia y precisión. Es como “volver a empezar”
Inconvenientes, sinceramente no los veo como para destacarlos.
Cierto y no te han informado mal; al llevar el talón suelto, las pendientes con nieves duras son más difíciles de “negociar” si pones el culo en el suelo, porque no puedes usar bien los cantos para tratar de detenerte, pero sólo en este caso. En las demás nieves los problemas no son especialmente más duros que con esquís normales, eso si en esta modalidad tienes que tener mucha y buena técnica para meterte en descensos complicados que con esquís de montaña solventarías con más soltura.
Si. El giro telemark requiere de una buena forma física para esquiar. De hecho cuando llevas ya toda una mañana esquiando y las piernas empiezan a decir basta, algunos telemarkeros recurren al giro normal para ir descansando, pero ahí esta la grandeza y lo que comentaba anteriormente, hay que esforzarse para encontrarle el punto. Bien es cierto que hay personas a las que seguir (ellos con telemark) es una empresa difícil porque en estos momentos hay gente muy fuerte y con mucho nivel.
Evidentemente si, una persona con buen nivel de esquí alpino, enseguida
cogerá el viraje telemark. Eso no quiere decir que no puedas aprender telemark directamente, pero te costará mucho más, también si eres un buen esquiador de fondo podrás acogerte rápidamente a esta técnica.
Esto es igual que en el esquí de Freeride o Alpino, depende que clase de Telemark quieras practicar. Si es exclusivamente de pista, pues unos específicos de pista montados con fijaciones de telemark; si por el contrario quieres hacer de todo, un esquí polivalente te irá bien; y si lo tuyo es estar fuera del “corral” todo el día, pues adelante con unos buenos freeride de cotas generosas.
Eso va a gustos, pero pongo por ejemplo que para mí, que tengo varios esquís, en pista utilizo unos igual a mi altura, y estoy francamente contento con el resultado; para fuera de pista tengo un par 10cm más altos que yo, y a veces para pendientes algo fuertes con necesidad de saltos utilizo unos 5cm por debajo de mi altura. Eso sería ideal, pero comprendo que no todo el mundo puede o quiere tener varios pares de telemark, con lo cual yo elegiría unos de mi altura más o menos.
Hay varias marcas que sí, tienen tablas especificas para la modalidad, pero también puedes montarte fijaciones de Telemark en esquís de Freeride o de Alpino, o de montaña, depende como puse antes de tus preferencias a la hora de esquiar.
Es importante que nos abracen muy bien el pie para trasmitir las sensaciones al esquí, y en el caso del telemark esto se acentúa. También tenéis modelos para travesía, para foquear etc, que son bastante polivalentes. Luego están los modelos de Freeride y de competición que son botas más altas y duras. Ir a una tienda especializada, perder tiempo en probar y leer algo sobre cada marca a ver cual os conviene más. En Barrabés tenéis una gama muy extensa, no fácil de ver habitualmente. Respecto a las fijaciones, existen actualmente en el mercado muchísimos modelos, dejaros aconsejar por los profesionales, preguntar a algún profesor de la modalidad.
Carlos y yo mismo llevábamos pensando en telemarkear por el P.N. de Ordesa y Monte Perdido mucho tiempo, pese a no ser una zona muy clásica en el esquí de montaña, pues su aproximación (a Góriz) y las largas llanuras que has de recorrer no la convierten en la más “comercial” de las zonas para esquiar. Pero sí que es cierto que su originalidad
y belleza están fuera de toda duda.
Elegimos un invierno de hace ya varios años que la nieve cubría todo hasta el fondo del valle, pues nuestra intención era esquiar aunque fuera llaneando desde el mismo fondo.
Finalmente nos decidimos por subir hacia Fanlo en el Valle de Vío, dormir en Nerín y al día siguiente crestear por Sierra Custodia para llegar al Refugio.
El Valle de Vió en invierno, es, como decirlo.....¿diferente? pues sí, y solitario y entrañable e intimidante pero de un ambiente pirenaico de los de antes. Increíble. Carlos desde el primer momento se quedo perplejo ante tanta soledad y autenticidad que nos rodeaba. Lo mejor estaba por llegar: cruzar Custodia con los Cañones de Ordesa y Añisclo
rodeándonos, las luces invernales y los gigantes de Monte Perdido,
Cilindro, Soum y Marboré, éste último destino de la telemarkeada. Recibíamos constantemente momentos de felicidad visual.
El día de ascensión al Marboré, todo se puso a nuestro favor, un cielo limpio y azul y una nieve de buena calidad hacia prometer un gran descenso.
Llegar a la cima y asomarnos a la vertiente francesa también nos procuro momentos irrepetibles, pero lo mejor....lo mejor fueron los momentos previos al descenso, mientras ajustábamos los cables de las fijaciones, nos colocamos las mochilas y respiramos hondo para comenzar a descender.
Carlos se lanzó en una sucesión de giros amplios por las palas vírgenes del Marboré, mientras yo solo podía que quedarme quieto observando la estela de cada uno de sus virajes. Paró y me llamó para despertarme de mi “sueño particular” y en un baile de giros llegué hasta él y fuimos buscando palas y más palas por donde descender.
Pero como suele ocurrir en estos casos, necesitábamos más de aquella orgía blanca y nos fuimos hacia la Brecha para ya cansados volver al refugio al atardecer.
El día siguiente, aunque con algunas nubes altas, se presentaba de nuevo luminoso y todo el tiempo pensábamos en el descenso que llevaríamos a cabo desde Sierra Custodía hasta casi las inmediaciones de Nerín. Había bastante nieve y aunque es una zona muy expuesta al sol, sabíamos que podríamos descender un desnivel suficiente.
Y así fue; si tuviera que elegir, por la originalidad del lugar, por el fondo de los solitarios y pequeños pueblos con algunas chimeneas humeantes y por la sensación de lejanía, elegiría este segundo descenso.
Vale que no es un pico de tres mil metros, pero hacer curvas y curvas con el decorado antes mencionado de fondo, nos produjo una de las sensaciones más bellas y de libertad que he tenido con unas tablas de telemark en los pies.
Lo que vino después es parte del juego: comida en Nerín al calor del hogar, descenso al valle y preparación que al día siguiente partiríamos hacia el Pirineo francés. Pero eso es parte de otra historia.
El atardecer cae sobre la pequeña aldea, apenas dos casas tienen luz tras los ventanales y dos chimeneas humeantes nos hacen ve, que dentro hay vida, dura, pero vida. Vamos foqueando por las calles del pueblo, la nieve lo cubre todo, llamamos a una de las casas para preguntarles sobre algún abrigo o cabaña para dormir. Sale una persona de avanzada edad, que al principio nos mira con desconfianza y poco rato después con mucha amabilidad, nos cede una borda para tender nuestros sacos de dormir y pasar allí la noche, una noche diferente, mágica y entrañable. Salgo un instante de nuestro “hotel” y contemplo un cielo increíblemente estrellado, hace frío y rápidamente entro de nuevo.
Nos hacemos algo de cenar y caemos en un profundo sueño oyendo el tintineo del pajar cercano ocupado por un rebaño de ovejas.
Al amanecer me asomo y las montañas de enfrente están teñidas de colores rojizos y ocres, son montes de laderas suaves, buenos para telemarkear.
Observo de nuevo las chimeneas que aun humean, como si en toda la noche no hubieran dejado de alimentarlas con leña. Preparamos el material y la anciana que nos presto el aposento sale con un par de jerseys , un pañuelo en la cabeza y unas botas de goma, sólo de verla me entra frío, pienso que debe de sentirlo ella con esas ropas y sobre todo con ese calzado, pero nos sonríe y nos ofrece entrar a tomar un café. A pesar de “ las prisas “ por ascender y descender aceptamos su invitación, entramos en la humilde y limpia cocina y olemos un delicioso café, charlamos un rato, nos cuenta parte de su sacrificada vida y nos dice una y otra vez que tengamos cuidado en el monte, que en invierno esos lugares son para verlos desde lejos.
Con cierta tristeza nos despedimos de Celia, a lo lejos la vemos apostada en la puerta de su casa diciéndonos adiós con la mano y aun advirtiéndonos de que tengamos ojo allí arriba, en la montaña.
Ascendemos primero por la pista forestal y luego por la suave ladera, el pequeño pueblo va quedando apartado y en la lejanía divisamos de nuevo el humo de las chimeneas, era como mi obsesión continua, no se explicar por qué, pero ver eso me inspiraba vida y hogar.
Llegamos a un collado en la divisoria de dos valles y desde allí vimos a lo lejos la alta montaña, esa que tantas veces hemos esquiado o escalado, la que a sus pies vivimos y la que tantas aventuras nos ha procurado. Pero ahora, ahora estamos aquí en la zona del pre-pirineo y descubrimos un invierno diferente, sin centros de esquí, sin apartamentos, ni trasiego de personas, nadie diría que es un sábado de plena temporada invernal.
Alcanzamos la modesta cima bajo un cielo luminoso, nuestra idea es descender hacia la otra vertiente, para alcanzar la carretera de vuelta a casa. Desde la cima divisamos gran parte de la cordillera, parte de los “grandes” y algunos de los más importantes y conocidos valles pirenaicos.
Un suave y frío viento del norte nos hace tener la mente y la cabeza despejadas, nos acaricia y lo escuchamos en silencio. Comenos algo y nos preparamos para el descenso, casi mil metros de desnivel sobre palas de mediana inclinación nos esperan y lo mejor, lo mejor es que los días anteriores el viento en calma y alguna nevada nueva, han dejado unos 15 cm de powder del bueno.
Fran comienza su baile telemarkero, trazando amplios giros y gritando como un poseso. Le sigo y nos dejamos llevar flotando en aquella deliciosa “nata” hasta un pequeño plató.
Paramos y nuestras caras irradian felicidad: ¿qué más podemos pedir? soledad, nieve polvo,
paisaje, vistas...
Continuamos nuestra danza telemarkera hasta divisar un pequeño pajar y algo más adelante la estrecha carretera.
Fin del trayecto, choque de manos y cruce de miradas emocionadas: en dos días hemos visitado, esquiado y convivido en “otro mundo”, muy cerca del nuestro, pero a la vez tan lejano.
Nos prometemos volver, cuando las condiciones sean las idóneas.
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